domingo, 4 de noviembre de 2018

Una noche en la ópera

Aún estoy extasiada. Pasan los días, y sigo despertándome así. Mi corazón está totalmente lleno de adrenalina y no hace más que bombear mensajes a mi cabeza que repiten, una y otra vez, cada momento vivido.
Llevo dos viernes llenos de música.


El viernes pasado pude ver, ( ¿¿¿ver??? ... ver se queda corto...mejor vivir....) pude vivir la ópera más bonita de todas las que he escuchado. Turandot (música de Giacomo Puccini y libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, estrenada el 25 de abril de 1926) es, sin duda, mi favorita. Al dirigirnos hacia el Palau de les Arts los nervios me atacaban el estómago. El recinto estaba lleno y de entre ese océano de rostros, encontré los de amigos con los que compartía esa misma sensación. Ya sentada , expectante, se aceleró mi pulso al apagarse las luces. La orquesta apareció, y sonó el la prolongado que afina los instrumentos al inicio del concierto. Sin embargo, no se alzó el telón. En su lugar,  de un lateral apareció una mujer con dos rosas rojas en la mano. Era delgada, vestía de granate y negro y su cabello era color zanahoria. Un cañón de luz la acompañó hasta el centro del escenario donde se paró y comenzó a hablar. Fueron dos minutos en lo que el nombre de Carmen Alborch sonó repleto de sentimiento y gratitud. Igual que el aplauso que dedicamos todo el público a su recuerdo. Una persona a la que mi madre y yo, allí sentadas, conocimos y apreciamos. La obra empezaba con una emoción que no hacía nada más que aumentar por actos. Tres en concreto.

Cuando estudiaba la carrera, existía la obligación de cursar unos créditos que debíamos obtener llamados "de libre elección"; abarcaban todas las asignaturas optativas y cursos que se ofertaran, en mi caso, en las distintas facultades de ciencias sociales y humanidades. Yo escogí "Introducción a la ópera" un semestre. Allí encontré un aula abarrotada de estudiantes que seguían a un profesor, Paco (no recuerdo su apellido), doctorado en Historia del Arte, que explicaba la música y los libretos con tanta pasión, que hacía de sus clases todo un espectáculo. Era un enamorado de los italianos y cuando llegó el turno de Puccini, no cabía un alfiler. Nos trasladamos al Aula Magna y allí ,a eso de las 20.00 horas de un miércoles cualquiera de un mes cualquiera, descubrí que mi amor por la ópera estaba justificado bajo el nombre de Nessun Dorma. Solo era una pantalla de cine en la que se proyectaron imagen y voz de Pavarotti y sin embargo, el estallido de vítores al finalizar, nos transportaron a la mismísima Scala de Milán. "Esto tengo que escucharlo en directo algún día, en una ópera de verdad" pensé. Y así lo hice el pasado 26 de octubre y lloré como nunca había llorado en ninguna de las representaciones anteriormente vistas durante, concretamente, once años como abonada.
Dicen que Puccini sabía con qué notas se puede tocar el alma para hacer vibrar emociones aunque opongas resistencia, aunque no te guste la ópera, aunque tengas la sensibilidad dormida. Una suerte de alquimista musical que iba más allá del compositor. Su música sube, baja, da piruetas en el aire y te atrapa por completo. Luego, te deja en el suelo con el pelo y los sentidos revueltos, para que recuerdes el viaje toda tu vida.


Y eso precisamente es lo que volví a vivir con Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018) hace dos días. Tras leer varias críticas, no me mostraba muy optimista. La tachaban de edulcorada, falsa y con contenidos extras que alargaban el metraje innecesariamente. Ninguna de estas afirmaciones encuentran mi apoyo.
El primer cd que compré en mi vida es el de Wembley' 86 de Queen. Era el verano de 1992 y hacía sólo 8 meses que había fallecido Freddie Mercury. Supongo que el hecho de haber vivido todo ese año con tributos, emisoras que reproducían su música a todas horas y reportajes en una tele no a la carta como hay ahora, produjeron el deseo de que fuera con ese y no otro, con quien estrenarme en el nuevo formato. Hice bien.
En mi lista de grandes éxitos musicales sigue entre las primeras posiciones el tema Bohemian Rhapsody. Simplemente es...magia. Son varias canciones en una, no hay estribillo que poder seguir y la voz de Mercury sorprende a un oído que espera siempre una consecución más lógica (y aburrida) de la composición musical. Piruetas en el aire.
Por eso entiendo que el film adopte ese nombre y no otro. Porque ese himno generacional que sigue sonando junto a otros que son parte de nuestra cultura (en cada triunfo deportivo, nunca falta un We are the champions que llevamos ya en el ADN), aúna todo lo que eran ellos, instigado, según la película, por el talento y la creatividad de un líder que no tenía miedo a innovar, a jugar con los estilos, a unir ópera con rock y a creer en ello por encima de paradigmas discográficos. Ese es el material del que están hechos los genios.
Más allá de vicios, enfermedades y momentos decadentes, se plasma un mensaje positivo, optimista que lleva a integrarte entre esos 74.000 espectadores del Wembley, en los 20 minutos más épicos de la historia del rock. Todo un regalo para quienes no estuvimos ahí. Para quienes no pudimos crecer con la ilusión de ahorrar para verlos en directo. Y observo, justo antes de que se proyecte la primera escena, una sala llena de gente de todas las edades, con los ojos y los oídos clavados desde el minuto uno, y entiendo que su legado siempre fue hacer de su música, la nuestra. Como en la escena en la que demuestran que el famoso We will rock you tuvo su origen en la intención de hacer partícipe del tema a todo aquel que lo escuchara, a través de palmas y pisadas que no pudimos reprimir en el cine. Cinco adolescentes sentadas a mi lado, se sabían cada estrofa, cada palabra y respondían entregadas a un Freddie que desde la pantalla coreaba sonidos que invitaba a repetir.
No. Yo no quería un biopic de alguien que tuvo debilidades como todos, ni imágenes de síntomas de una enfermedad que provocó su muerte. Eso es algo  íntimo, que no tenemos derecho a sentir como propio. Yo quería exactamente esa parte de la historia. La historia de cómo el mundo regala personas que con su brillo, iluminan a los demás.
Nada más acabar la proyección, recordé esos conciertos a los que sí he ido y me transporté al momento que más me gusta de cada uno de ellos. Ese en el que todos los que acudimos al mismo lugar cantamos a la vez esa estrofa que tarareas hasta en la ducha. Que te recuerda tu historia. Y miras a tu lado y sólo puedes sentir que todo está bien. Que el mundo ha dejado de girar sobre si mismo por un instante y lo hace alrededor de ti y de cientos de personas que coinciden contigo. Y de repente, se llame rock, pop, ópera, fado, flamenco o Ara Malikian, se te escapa una lágrima. Quizás por la emoción, quizás por una canción que te lleva a un recuerdo o tal vez porque forma parte de la intención de su creador. Pero es felicidad. Y es compartida.
La cultura nos hace más sensibles y la sensibilidad nos convierte en más humanos. Es, en cada una de sus manifestaciones, un regalo. Y podemos participar de él gracias a mentes y corazones inquietos, que nos lo ofrecen para poder vivirlo entregados. Porque aunque no estén, sabemos que nos repiten desde lo más alto, que el show ......debe continuar. Disfrutémoslo.














sábado, 13 de octubre de 2018

La máquina del tiempo

Otoño es una época en las que, como en enero, todos sentimos la sensación de poner contadores a cero y la necesidad de establecer nuevos objetivos. Es algo que debe tener su origen en el inicio del curso escolar; una reminiscencia de cuando éramos estudiantes que nos acompaña cada año, interpretando el inicio de su último cuatrimestre, como un punto de partida que durará hasta el siguiente septiembre. Pero ya soy adulta y además desempeño un trabajo que cierra ejercicio el 31 de diciembre, así que, no puedo pensar en empezar sino en continuar. Continuar.

Desde pequeña he sentido la necesidad de creer que en algún momento podría ser dueña de mi destino, cambiando situaciones vividas que no me han llevado a lugares pretendidos. Todo eso podría arreglarlo fácilmente: o bien utilizaría una máquina del tiempo patentada y comercializada gracias al trabajo de años entre Steve Jobs y Stephen Hawking hasta hacerla no sólo útil, sino estéticamente preciosa (un DeLorean color "manzana") o bien, durante una fiesta de antiguos alumnos del instituto, en la que tanta emoción me sobrepasase hasta el punto de caer sin conocimiento para volver a encontrarlo más de 20 años antes, en un BUP alternativo (una Peggy Sue versión años 90). 

Me dejo llevar por la idea de encontrarme años atrás con el conocimiento actual y sabiendo qué caminos escoger y cuáles descartar. Lo tengo tan meditado, que no dudaría en lo que quiero conservar y lo que no, sintiéndome tan convencida de mi triunfo que cuando volviese a  mi nuevo futuro, todo sería perfectamente idéntico a mi ideal de vida. Pero, ¿y si cuando aterrizo en mi yo presente, encuentro desagradables sorpresas? Al fin y al cabo, mis acciones no serían independiente de mi entorno y como decía Mary Shelley a través de su criatura, debemos pensar en la consecuencias de nuestros actos. Cambiando yo, ¿cambiaría el resto?. Desde luego al coger otra opción, hay personas  de mi vida que desaparecería en la nueva versión: algunos nombres, no me importarían demasiado, pero indudablemente hay más que no querría perder. Y después se me ocurre multitud de situaciones que haría todo lo posible por evitar : un 11S o un 11M...o todo lo que ha ido viniendo detrás...Me volvería loca intentando recordar cada suceso fatídico para poder ir corriendo a alertar a todo el mundo que, por otra parte, no me creería. ¡Menudo cargo de conciencia! Y luego está lo de dar más información de la que la gente del pasado necesita saber: inconscientemente buscaría el smartphone o hablaría de facebook o incluso de Siri!!!Ampliaría involuntariamente con mis dedos fotos impresas y utilizaría expresiones como "míra a ver en wikipedia" que no sabría explicar!
Acabaría por hacer millones de viajes atrás - adelante/adelante- atrás para arreglar mis propios entuertos, siguiendo una suerte parecida a la de Evan Treborn (El efecto mariposa)...Ufffff....que presión!!!!!!

Sin embargo, esta idea es demasiado recurrente y por eso se ha plasmado tanto en la literatura como, por supuesto, en el séptimo arte (La  Máquina del Tiempo, Regreso al Futuro, Peggie Sue se casó, La casa del lago, Terminator2, Atrapado en el tiempo...etc), porque en mi opinión todos preferiríamos poder cambiar las cosas que no nos gustan para tener otro final. Uno con menos dolor, pérdida o dificultad.

Cuando empezamos algo, ponemos en ello todo lo bueno que hay en nosotros y visualizamos que los errores cometidos en el pasado, está vez no se repetirán. Tiramos el folio arrugado, lleno de tachones y con la tinta borrada por las lágrimas que se han caído y cogemos otro nuevo, blanco, limpio, donde escribir frases perfectas porque nuestra motivación se alimenta de nuestras expectativas. Y así, una y otra vez. Empezar cada vez que ya no queda goma con la que borrar. Empezar porque "esta, va a ser la buena".

Continuar, sin embargo, es una tarea más compleja. Siguen los tachones, siguen las heridas, sigue la sensación de fracaso. Pero no intentas tirar esa experiencia a la papelera. No cambias todo lo que tienes porque ya no brilla igual, o ha perdido color o se ha ensuciado un poco. Intentas pegar los trozos, enderezar la situación, plantar cara al conflicto, hablar con esa persona a la que un malentendido ha distanciado o decidir que lo que tienes y lo que eres, se debe a cada cosa que has vivido. No hay que empezar. Simplemente, seguir. Siempre hacia adelante.

Hace días leí algo que me emocionó: la vida no hay que entenderla. La vida hay que vivirla. Así que continuemos con cada día pero con la misma emoción conque se empiezan las cosas, porque si se nos olvida en el trayecto, si lo malo gana a lo bueno, si compras una nueva ilusión para dejar de luchar  por la antigua, nunca encontrarás tu camino. Y el mío, desde siempre, ha sido escribir.


domingo, 6 de mayo de 2018

Día de la madre


Ya estamos en mayo. Y es el primer domingo del mes. El día de la madre.
Yo no lo soy. Ni tampoco creo que ya lo sea. Es algo que siempre he visto como posible en las frases que se conjugan en futuro, como muy lejos. Algo con lo que, por mi condición de mujer, debía cumplir. Pero ahora, con los 40, ni pizca de intención.
Me he preguntado muchas veces por qué no seré como la mayoría de mujeres con las que he coincidido en la vida, por qué no muero por tener un bebé y cuidarlo. ¿Qué le falta a mi naturaleza para alcanzar el instinto? Nadie tiene una respuesta. Más bien, deseos encerrados en frases del tipo "te vendrá en cualquier momento" (grupo de las que son madres y te atraen para sí),  " el tic tac saldrá y luego vendrán las prisas y será un infierno " (grupo de primerizas ya entradas en edad que saben por lo que han pasado) o " pues ya ves...si no tienes, tampoco pasa nada" (grupo de las que te quieren manifestar su aceptación o tienen tu misma edad y se les hace un mundo volver a pasar por eso, ahora que ya los tienen criados).
Nadie me puede explicar. Ni siquiera yo me entiendo. Así que me entretengo comprobando en Google, qué mujeres de las que admiro son o no son madres. Eso me lleva directamente a las actrices (el cine y yo) y observo que la gran mayoría de las que busco, lo son: Meryl Streep, Julianne Moore, Cate Blanchett..... Filtro por más cercanas a mi edad y ahí también se da la misma situación: Kate Winslet, Claire Dans (embaraza a sus 39 años), Amy Adams.... paro, me pongo un café y pienso: ¿quién querías ser de pequeña?,de todas las actrices del mundo mundial, ¿cuál era la que más ferviente y adolescentemente admirabas? La respuesta no se hizo esperar ni un minuto. Intuyendo la respuesta, me lanzo al teclado casi tan rápido como escribo su nombre; traslado el índice de abajo hacia abajo de la pantalla y lo veo: ahí está. Nacimiento: 29 de octubre de 1971, Minnesote (EEUU), altura: 1,61m, peso: 52 (envidia), padres, parejas......Ningún hijo. Vuelvo al buscador e introduzco su nombre completando la frase con un "no tiene hijos" y me salen varios artículos en los que no dan razón alguna y sí múltiples conjeturas que, sinceramente, no me interesan. 
Winona  Ryder, aquella a la que descubrí como novia de MI Johnny Deep para ir adorando hasta el punto de odiar al guapo actor por romper con ella ¡¡¡¡¡¡¡ Es como yo!!!!!!!!!!.
Con todo lo que ha pasado la pobre, incluyendo sus papeles robados y sus robos en tiendas, lo mismo no ha tenido tiempo de pensar en ello. 
Así que hoy, 6 de mayo de 2018, habiendo pasado un año sin escribir, te propongo algo, Winona: no estemos nunca más solas. Nos tendremos la una a la otra y compartiremos la misma elección. No seamos madres, seamos nosotras. Tú con tu recién recuperada fama, actuando como progenitora de Will y Jonathan. Yo, con lo más parecido a un hijo: mi blog. Qué ya es bastante rutinaria la vida, llena de cosas que hacer por imposición, como para perder lo que es mi vocación.
Me levanto del sofá de casa de mis padres y me dirijo a la señora de la casa:
"- Ya está, mamá. Ya tengo un nuevo post. Mira que eres plasta conque me deje de tonterías y escriba. Me voy a mi casa que tengo que prepararme para mañana. Gracias por la comida en familia."
Mi marido, ya en el ascensor, observa con desconcierto cómo vuelvo a su puerta para tocar el timbre: 
"Que se me olvidaba, mamá.....que gracias por estar ahí siempre y ayudarme a perseguir mis sueños."
Feliz día de la madre.