Aún estoy extasiada. Pasan los días, y sigo despertándome así. Mi corazón está totalmente lleno de adrenalina y no hace más que bombear mensajes a mi cabeza que repiten, una y otra vez, cada momento vivido.
Llevo dos viernes llenos de música.

El viernes pasado pude ver, ( ¿¿¿ver??? ... ver se queda corto...mejor vivir....) pude vivir la ópera más bonita de todas las que he escuchado. Turandot (música de Giacomo Puccini y libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, estrenada el 25 de abril de 1926) es, sin duda, mi favorita. Al dirigirnos hacia el Palau de les Arts los nervios me atacaban el estómago. El recinto estaba lleno y de entre ese océano de rostros, encontré los de amigos con los que compartía esa misma sensación. Ya sentada , expectante, se aceleró mi pulso al apagarse las luces. La orquesta apareció, y sonó el la prolongado que afina los instrumentos al inicio del concierto. Sin embargo, no se alzó el telón. En su lugar, de un lateral apareció una mujer con dos rosas rojas en la mano. Era delgada, vestía de granate y negro y su cabello era color zanahoria. Un cañón de luz la acompañó hasta el centro del escenario donde se paró y comenzó a hablar. Fueron dos minutos en lo que el nombre de Carmen Alborch sonó repleto de sentimiento y gratitud. Igual que el aplauso que dedicamos todo el público a su recuerdo. Una persona a la que mi madre y yo, allí sentadas, conocimos y apreciamos. La obra empezaba con una emoción que no hacía nada más que aumentar por actos. Tres en concreto.
Cuando estudiaba la carrera, existía la obligación de cursar unos créditos que debíamos obtener llamados "de libre elección"; abarcaban todas las asignaturas optativas y cursos que se ofertaran, en mi caso, en las distintas facultades de ciencias sociales y humanidades. Yo escogí "Introducción a la ópera" un semestre. Allí encontré un aula abarrotada de estudiantes que seguían a un profesor, Paco (no recuerdo su apellido), doctorado en Historia del Arte, que explicaba la música y los libretos con tanta pasión, que hacía de sus clases todo un espectáculo. Era un enamorado de los italianos y cuando llegó el turno de Puccini, no cabía un alfiler. Nos trasladamos al Aula Magna y allí ,a eso de las 20.00 horas de un miércoles cualquiera de un mes cualquiera, descubrí que mi amor por la ópera estaba justificado bajo el nombre de Nessun Dorma. Solo era una pantalla de cine en la que se proyectaron imagen y voz de Pavarotti y sin embargo, el estallido de vítores al finalizar, nos transportaron a la mismísima Scala de Milán. "Esto tengo que escucharlo en directo algún día, en una ópera de verdad" pensé. Y así lo hice el pasado 26 de octubre y lloré como nunca había llorado en ninguna de las representaciones anteriormente vistas durante, concretamente, once años como abonada.
Dicen que Puccini sabía con qué notas se puede tocar el alma para hacer vibrar emociones aunque opongas resistencia, aunque no te guste la ópera, aunque tengas la sensibilidad dormida. Una suerte de alquimista musical que iba más allá del compositor. Su música sube, baja, da piruetas en el aire y te atrapa por completo. Luego, te deja en el suelo con el pelo y los sentidos revueltos, para que recuerdes el viaje toda tu vida.

Y eso precisamente es lo que volví a vivir con Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018) hace dos días. Tras leer varias críticas, no me mostraba muy optimista. La tachaban de edulcorada, falsa y con contenidos extras que alargaban el metraje innecesariamente. Ninguna de estas afirmaciones encuentran mi apoyo.
El primer cd que compré en mi vida es el de Wembley' 86 de Queen. Era el verano de 1992 y hacía sólo 8 meses que había fallecido Freddie Mercury. Supongo que el hecho de haber vivido todo ese año con tributos, emisoras que reproducían su música a todas horas y reportajes en una tele no a la carta como hay ahora, produjeron el deseo de que fuera con ese y no otro, con quien estrenarme en el nuevo formato. Hice bien.
En mi lista de grandes éxitos musicales sigue entre las primeras posiciones el tema Bohemian Rhapsody. Simplemente es...magia. Son varias canciones en una, no hay estribillo que poder seguir y la voz de Mercury sorprende a un oído que espera siempre una consecución más lógica (y aburrida) de la composición musical. Piruetas en el aire.
Por eso entiendo que el film adopte ese nombre y no otro. Porque ese himno generacional que sigue sonando junto a otros que son parte de nuestra cultura (en cada triunfo deportivo, nunca falta un We are the champions que llevamos ya en el ADN), aúna todo lo que eran ellos, instigado, según la película, por el talento y la creatividad de un líder que no tenía miedo a innovar, a jugar con los estilos, a unir ópera con rock y a creer en ello por encima de paradigmas discográficos. Ese es el material del que están hechos los genios.
Más allá de vicios, enfermedades y momentos decadentes, se plasma un mensaje positivo, optimista que lleva a integrarte entre esos 74.000 espectadores del Wembley, en los 20 minutos más épicos de la historia del rock. Todo un regalo para quienes no estuvimos ahí. Para quienes no pudimos crecer con la ilusión de ahorrar para verlos en directo. Y observo, justo antes de que se proyecte la primera escena, una sala llena de gente de todas las edades, con los ojos y los oídos clavados desde el minuto uno, y entiendo que su legado siempre fue hacer de su música, la nuestra. Como en la escena en la que demuestran que el famoso We will rock you tuvo su origen en la intención de hacer partícipe del tema a todo aquel que lo escuchara, a través de palmas y pisadas que no pudimos reprimir en el cine. Cinco adolescentes sentadas a mi lado, se sabían cada estrofa, cada palabra y respondían entregadas a un Freddie que desde la pantalla coreaba sonidos que invitaba a repetir.
No. Yo no quería un biopic de alguien que tuvo debilidades como todos, ni imágenes de síntomas de una enfermedad que provocó su muerte. Eso es algo íntimo, que no tenemos derecho a sentir como propio. Yo quería exactamente esa parte de la historia. La historia de cómo el mundo regala personas que con su brillo, iluminan a los demás.
Nada más acabar la proyección, recordé esos conciertos a los que sí he ido y me transporté al momento que más me gusta de cada uno de ellos. Ese en el que todos los que acudimos al mismo lugar cantamos a la vez esa estrofa que tarareas hasta en la ducha. Que te recuerda tu historia. Y miras a tu lado y sólo puedes sentir que todo está bien. Que el mundo ha dejado de girar sobre si mismo por un instante y lo hace alrededor de ti y de cientos de personas que coinciden contigo. Y de repente, se llame rock, pop, ópera, fado, flamenco o Ara Malikian, se te escapa una lágrima. Quizás por la emoción, quizás por una canción que te lleva a un recuerdo o tal vez porque forma parte de la intención de su creador. Pero es felicidad. Y es compartida.
La cultura nos hace más sensibles y la sensibilidad nos convierte en más humanos. Es, en cada una de sus manifestaciones, un regalo. Y podemos participar de él gracias a mentes y corazones inquietos, que nos lo ofrecen para poder vivirlo entregados. Porque aunque no estén, sabemos que nos repiten desde lo más alto, que el show ......debe continuar. Disfrutémoslo.
Por eso entiendo que el film adopte ese nombre y no otro. Porque ese himno generacional que sigue sonando junto a otros que son parte de nuestra cultura (en cada triunfo deportivo, nunca falta un We are the champions que llevamos ya en el ADN), aúna todo lo que eran ellos, instigado, según la película, por el talento y la creatividad de un líder que no tenía miedo a innovar, a jugar con los estilos, a unir ópera con rock y a creer en ello por encima de paradigmas discográficos. Ese es el material del que están hechos los genios.
Más allá de vicios, enfermedades y momentos decadentes, se plasma un mensaje positivo, optimista que lleva a integrarte entre esos 74.000 espectadores del Wembley, en los 20 minutos más épicos de la historia del rock. Todo un regalo para quienes no estuvimos ahí. Para quienes no pudimos crecer con la ilusión de ahorrar para verlos en directo. Y observo, justo antes de que se proyecte la primera escena, una sala llena de gente de todas las edades, con los ojos y los oídos clavados desde el minuto uno, y entiendo que su legado siempre fue hacer de su música, la nuestra. Como en la escena en la que demuestran que el famoso We will rock you tuvo su origen en la intención de hacer partícipe del tema a todo aquel que lo escuchara, a través de palmas y pisadas que no pudimos reprimir en el cine. Cinco adolescentes sentadas a mi lado, se sabían cada estrofa, cada palabra y respondían entregadas a un Freddie que desde la pantalla coreaba sonidos que invitaba a repetir.
No. Yo no quería un biopic de alguien que tuvo debilidades como todos, ni imágenes de síntomas de una enfermedad que provocó su muerte. Eso es algo íntimo, que no tenemos derecho a sentir como propio. Yo quería exactamente esa parte de la historia. La historia de cómo el mundo regala personas que con su brillo, iluminan a los demás.
Nada más acabar la proyección, recordé esos conciertos a los que sí he ido y me transporté al momento que más me gusta de cada uno de ellos. Ese en el que todos los que acudimos al mismo lugar cantamos a la vez esa estrofa que tarareas hasta en la ducha. Que te recuerda tu historia. Y miras a tu lado y sólo puedes sentir que todo está bien. Que el mundo ha dejado de girar sobre si mismo por un instante y lo hace alrededor de ti y de cientos de personas que coinciden contigo. Y de repente, se llame rock, pop, ópera, fado, flamenco o Ara Malikian, se te escapa una lágrima. Quizás por la emoción, quizás por una canción que te lleva a un recuerdo o tal vez porque forma parte de la intención de su creador. Pero es felicidad. Y es compartida.
La cultura nos hace más sensibles y la sensibilidad nos convierte en más humanos. Es, en cada una de sus manifestaciones, un regalo. Y podemos participar de él gracias a mentes y corazones inquietos, que nos lo ofrecen para poder vivirlo entregados. Porque aunque no estén, sabemos que nos repiten desde lo más alto, que el show ......debe continuar. Disfrutémoslo.

















