domingo, 25 de septiembre de 2016

Sorry... I´m a lady!



Con este mismo título, escribí hace la friolera de 18 años un artículo para una revista universitaria. En él destacaba la figura femenina aprovechando el éxito de un libro que estaba batiendo records de ventas: El diario de Bridget Jones, de Helen Fielding. Recuerdo que cayó en mis manos por unas amigas que, como yo, pensaban que a los recién estrenados 20 se nos acababa la vida para encontrar el amor. Qué panda de bobas!!!Nos analizábamos constantemente y creíamos que si hubiéramos nacido más bellas, más altas, más delgadas, más listas o más..MAS estaríamos ya con el protagonista de nuestro propio cuanto de hadas. Y en cuanto nos pusimos a leer el libro....las carcajadas desplazaron a los sentimientos fatalistas de un plumazo. Bridget era gordita, metepatas, melancólica, enamoradiza y totalmente imprudente. Una mujer encantadora que rompía con el estereotipo de heroína y sin embargo, conseguía empatizar absolutamente con la lectora, hasta el punto de querer identificarte con ella. Todas eramos la señorita Jones.

El éxito de la saga se mantiene en 2016 con la tercera entrega de la película. Esta vez disfrutamos de los 43 años de una Bridget más madura, más profesional, más delgada  y más ¿centrada?,que le otorgan el mejor de los regalos: un bebé. Y mis amigas que, como yo, pensaban que a los amenazantes 40 se nos acababa la vida para encontrar el embrión, nos vuelve a dar la risa.
El otro día escuche a una psicóloga decir que antes las mujeres hablaban más entre ellas. Iban a hacer juntas bolillos o la colada y se contaban las preocupaciones , los anhelos y el día a día, llevando así una vida saludable. No lo entendí bien porque lo primero que mi mente del siglo XXI racionalizó fue: pero si no hay tiempo! Las conversaciones quedan relegadas a pulsaciones por segundo y fotos para descargar. Nuestro punto de encuentro se llama Iphone o Facebook... o Ikea, pero no hay tiempo para hablar. No hay tiempo para disfrutar. No podemos parar a pensar en eso, porque ya estamos pensando en lo que viene después, y hacemos cosas como segmentarnos en grupos llamados las sin hijos ( subconjuntos casadas o no)  y las madres (subconjuntos, solteras o no). Y como nos debemos a una agenda y sobrevivimos con la organización, cogemos nuestro carnet, y nos quedamos en el club que nos toca, pensando qué fue de otras amigas a las que de repente caemos que no hemos vuelto a ver. Y entonces, tras una semana de infarto en la que tu ginecóloga, tu jefe, tu profesor de natación y el teacher de inglés parece que te repiten que  "nunca llegarás a tiempo", lo que sí que llega es... la explosión. En un banco de la calle. Abrazando al Michael Kors que me regaló mi marido como única compañía. Realmente no, no es saludable. 
Hace apenas una hora, me han llamado al telefonillo de la calle. No esperábamos a nadie así que la sorpresa sonaba como el timbre. Nieves, una vecina de la finca de al lado, ha descubierto que era yo la propietaria de la cartera que se había encontrado en la calle. Ella, junto a un grupo de mujeres de la misma manzana, se conocen desde hace años y suelen mantener tertulias todas las tardes en un banco próximo a su portal. Todas han puesto de su parte para ir descubriendo las pistas que les ha llevado hasta mi nombre y Consuelo, mi vecina de rellano, ha aportado la puerta. Una hora buscándome. Sesenta minutos de su tiempo. En el lenguaje actual, un capítulo entero de Juego de Tronos. Y yo ni siquiera me había parado a mirar si llevaba la cartera o no. 
Aún no ha acabado la semana y siento que algo ha mejorado. Una voz al otro lado del teléfono, una película juntas, un cumpleaños lleno de ilusión y reencuentros generacionales y una "superpatrulla" del barrio...esto no sólo es saludable: esto es mágico.
Ahora buscaré en google la entrevista de la psicóloga. Le debo una disculpa. Tiene toda la razón.
Brindo por las mujeres de mi vida. Sois todo. Sois increíbles. Sois.....Mujeres.




domingo, 18 de septiembre de 2016

Volvamos al cole

El mes de Septiembre siempre huele a lápices Alpino por estrenar. Mis padres me regalaban una caja nueva que poder tener en mi pupitre de casa, uno de madera con una cesta metálica a un lado, donde guardaba mis blocks de dibujo con las hojas apaisadas llenas de lo que consideraba digno de admiración. Cada tarde al regreso de las clases, analizaba lo que había hecho, lo retocaba y comenzaba una nueva página. Antes de decantarme por la escritura, la plástica fue mi primer amor. No es que tuviera ningún don, pero llamaba la atención el estallido de color con que adornaba cualquier composición. Y sin salirme del borde. Pero en el colegio al que fui durante los dos años de pre-escolar, eran más fans de las ceras de colores. No me gustaban. Siempre he sido de apretar mucho y a la mínima se me rompían. Un drama para las monjas que repetían "Cort, no es bueno aferrarse a las cosas materiales con tanto entusiasmo" regalando moralejas que advierto ahora como acojonantemente realistas. De toda la gama de colores aún no consideraba que el rosa fuera el único. Así, me volvía loca un color que decidimos bautizar mi amiga del Loreto y yo como "verde nuevo". Cada mañana, la seño  repartía una bandeja rectangular de plástico llena de ceras. Como no elegías, guardabas ansiosa a recibir la tuya y buscabas ese color esmeralda que parecían racionar. Si te tocaba, eras la más importante de la clase de los camellos (increíble que en un colegio de primaria no se dieran cuenta de que hay animales que nunca deberías utilizar como referencia para párvulos; No sé si tendrá algo que ver pero mi prima Lucía fue a la de los linces. Trabaja en Silicon Valley en la actualidad). Era un momento emocionante cuando dabas cuenta de tu suerte. Qué feliz me hacía aquello: todo tu día era color.... esperanza.
Cuando el curso siguiente cambié al cole que me vio crecer durante doce años, el dibujo pasó a un plano más importante. En otoño, para festejar el Nou d´Octubre, día de la Comunidad Valenciana, algunas escuelas participaban en un concurso llamado "El rey Don Jaime visto por los niños". Aún hoy admiro esta iniciativa maravillosa que perdura en el tiempo. Se trata de que los niños dibujen al aire libre y por tiempo limitado, la escultura ecuestre del rey D. Jaime situada en una plaza muy céntrica de la ciudad. Todos nos sentamos en sillas plegables y con nuestros colores escuchamos atentamente las instrucciones que los profes repetían enfatizando aspectos más relevantes como

NO COPIARSE DEL DE AL LADO o RESPETAR EL TIEMPO ESTABLECIDO. Recuerdo que mis padres y mis abuelos se escaparon para aparecer de entre los árboles del parterre dándome ánimos, mientras yo intentaba concentrarme para que la figura estuviera lo más centrada posible en el dibujo. Cuando anunciaron el final ,consideré no haber tenido el tiempo suficiente para analizarlo y repasar algunos huecos, aunque para cuando volví al autobús,pesaba más la sensación de haber pasado un día diferente, que la incertidumbre de saber quien ganaría de entre todos. Qué pequeña era.
Una mañana, en medio de la clase, mi profe, Nieves hija anunció que el segundo premio había recaído en el colegio y que el ganador estaba en mi clase. Todos contuvimos la respiración hasta que se acercó a mi y sonriendo me dijo: "Felicidades Marga. Tu dibujo nos ha regalado a todos un premio". Las que hoy siguen siendo mis amigas me abrazaron y el resto de niños hicieron todo tipo de gestos triunfantes, como si hubieran metido un gol. Y sentí que en ese cole nuevo con esos compañeros recién estrenados, también había un "verde" con que poder pintar.
Lo que me hizo ganar no fue mi trazado realista sino un cielo fraccionado de mil colores brillantes.
Nunca, jamás, dejé de apretar mientras pintaba. Aunque las ceras, en ocasiones, se rompieran.

domingo, 28 de febrero de 2016

Matteo y Margherita


 Llevo muchos meses sin ponerme las gafas. Y no por falta de historias: final de año laboral, estrés, fallecimiento de una amiga del pasado, estrés, examen de un Master, estrés, Navidades sin vacaciones, estrés, inicio de año laboral, estrés, un piso que se me ha escapado después de poner todas las ilusiones en cada una de sus habitaciones, estrés, cambio de puesto laboral, estrés...y una sordera súbita.Según diagnostican, producto del estrés.
Y una mañana, me despierto a la misma hora que cada mañana y me miro al espejo mientras me pregunto: dónde dejé las gafas por última vez? Después de rebuscar en cada bolsillo interior de cada bolso que tengo guardado en cada armario, me derrumbo ante la evidencia de haberlas perdido definitivamente. Mi visión del mundo está distorsionada y seguiré sin poder enfocarla bien.


El jueves pasado tenía dos horas para comer y puesto que mi nueva oficina se encuentra a escasos metros de mi apartamento, decidí que era una buena idea la sopa casera que aprovisiona mi marido para situaciones inesperadas . Aunque he recuperado el oído, me cuesta entender bien a la gente en entornos donde hay más personas hablando a la vez, así que me excusé ante mis nuevos compañeros y me apresuré a llegar a casa. Podría ver el telediario y saber lo que estaba dando de sí el día. Tras varias noticias en las que la situación actual del país sigue siendo una foto fija, decidí poner la radio. No quería música pop, ni rock, ni de los ochenta...tampoco tertulias políticas ...sólo algo que me hiciera disfrutar de mi momento a solas, y de pronto llamó poderosamente mi atención la vehemencia con que una de las locutoras de un programa anónimo, hablaba de una historia que había sucedido en Italia, en un municipio de unos 16.000 habitantes hace tan sólo unos meses.Manipulé la rueda del dial hasta que conseguí sintonizar perfectamente la voz que no paraba de utilizar la expresión " historia emocionante" y centré mi atención por completo.

La narración se ubica hace tres semanas en un aulario del colegio Marchesi de Copparo, al norte de Italia, donde niños de ocho años están recibiendo clase de lengua. La profesora ha examinado a los alumnos y ha entregado las pruebas corregidas. Uno de ellos, Matteo, pregunta por qué una palabra que ha utilizado está subrayada en rojo. Margherita, la maestra, le advierte de la inexistencia de ese adjetivo y le explica que no puede referirse a una flor (fiore, en italiano, ) como " petalosa" (petaloso) para describirla. Sin embargo, como valora la belleza de la invención le propone al pequeño enviar una carta a la Accademia della Crusca (el instituto nacional para la salvaguarda del italiano) para consultar sobre la posible utilización del término. Matteo envía una misiva que lleva con su petición, la ilusión de hacer algo diferente y estimulante.
 Los días transcurren con una expectativa latente que se diluye entre clases, balones y risas. Hasta que el martes pasado, una carta rompe la rutina.
Un cartero deposita en el buzón del colegio un sobre a nombre de Matteo. El remitente crea la mayor de las expectaciones vividas en un patio de juegos, pues todos leen en voz alta: Accademia della Crusca, Via di castello, 46. Firenze. Con la impaciencia propia del momento y el latido del que se siente considerado en sus pretensiones, la maestra lee en voz alta:

“Querido Matteo. La palabra que has inventado es una palabra bien formada y podría ser usada en italiano, como son usadas otras palabras formadas de la misma manera. Tú has puesto juntas pétalo+oso=lleno de pétalos, con muchos pétalos. Para que una palabra nueva pueda entrar en el vocabulario, no es suficiente con que sea conocida y usada solo por quien la ha inventado, sino que la usen muchas personas y que muchas personas la entiendan”. Si logras difundir tu palabra entre muchas personas y muchas personas en Italia comienzan a decir y a escribir 'com’e petaloso questo fiore!' o, como tu sugieres, 'le margherite sono fiori petalosi', entonces 'petaloso' se convertirá en una palabra más del italiano”.

Tras las felicitaciones, Margherita lanza a través de las redes sociales la historia y con ella la pretensión de conseguir que la palabra sea conocida. Twits y retuits multiplican la difusión y la belleza de la palabra es compartida por miles de personas. A la mañana siguiente , el mísmisimo Primer Ministro italiano, comparte la ilusión.

Menuda historia.

Acabo la sopa con la sensación de que algo ha cambiado. Estoy feliz y mi corazón late deprisa. No dejo de sonreír y así, con un brillo nuevo en los ojos, llevo la bandeja a la cocina y me dispongo a ir al baño para lavarme los dientes. Me miro un segundo en el espejo y grito de emoción.

Ahí están: llevo las gafas puestas de nuevo.Matteo debió probárselas y por eso no las encontraba.

Vuelvo a mi trabajo con paso firme, mirando cada detalle del trayecto. Y en un semáforo en rojo pienso que yo también tuve una profesora de lengua que apostaba por las letras y por sus alumnos. Asi que, Piedad, este post petaloso....va por ti.