Llevo muchos meses sin ponerme las gafas. Y no por falta de historias: final de año laboral, estrés, fallecimiento de una amiga del pasado, estrés, examen de un Master, estrés, Navidades sin vacaciones, estrés, inicio de año laboral, estrés, un piso que se me ha escapado después de poner todas las ilusiones en cada una de sus habitaciones, estrés, cambio de puesto laboral, estrés...y una sordera súbita.Según diagnostican, producto del estrés.
Y una
mañana, me despierto a la misma hora que cada mañana y me miro al espejo
mientras me pregunto: dónde dejé las gafas por última vez? Después de rebuscar
en cada bolsillo interior de cada bolso que tengo guardado en cada armario, me
derrumbo ante la evidencia de haberlas perdido definitivamente. Mi visión del
mundo está distorsionada y seguiré sin poder enfocarla bien.
El jueves
pasado tenía dos horas para comer y puesto que mi nueva oficina se encuentra a
escasos metros de mi apartamento, decidí que era una buena idea la sopa casera
que aprovisiona mi marido para situaciones inesperadas . Aunque he recuperado
el oído, me cuesta entender bien a la gente en entornos donde hay más personas
hablando a la vez, así que me excusé ante mis nuevos compañeros y me apresuré a
llegar a casa. Podría ver el telediario y saber lo que estaba dando de sí el
día. Tras varias noticias en las que la situación actual del país sigue siendo
una foto fija, decidí poner la radio. No quería música pop, ni rock, ni de los
ochenta...tampoco tertulias políticas ...sólo algo que me hiciera disfrutar de
mi momento a solas, y de pronto llamó poderosamente mi atención la vehemencia
con que una de las locutoras de un programa anónimo, hablaba de una historia
que había sucedido en Italia, en un municipio de unos 16.000 habitantes hace
tan sólo unos meses.Manipulé la rueda del dial hasta que conseguí sintonizar
perfectamente la voz que no paraba de utilizar la expresión " historia
emocionante" y centré mi atención por completo.
La narración
se ubica hace tres semanas en un aulario del colegio Marchesi de Copparo, al
norte de Italia, donde niños de ocho años están recibiendo clase de lengua. La
profesora ha examinado a los alumnos y ha entregado las pruebas corregidas. Uno
de ellos, Matteo, pregunta por qué una palabra que ha utilizado está subrayada
en rojo. Margherita, la maestra, le advierte de la inexistencia de ese adjetivo
y le explica que no puede referirse a una flor (fiore, en italiano, ) como
" petalosa" (petaloso) para describirla. Sin embargo, como valora la
belleza de la invención le propone al pequeño enviar una carta a la Accademia
della Crusca (el instituto nacional para la salvaguarda del italiano) para
consultar sobre la posible utilización del término. Matteo envía una misiva que
lleva con su petición, la ilusión de hacer algo diferente y estimulante.
Los días transcurren con una expectativa
latente que se diluye entre clases, balones y risas. Hasta que el martes
pasado, una carta rompe la rutina.
Un
cartero deposita en el buzón del colegio un sobre a nombre de Matteo. El
remitente crea la mayor de las expectaciones vividas en un patio de juegos,
pues todos leen en voz alta: Accademia della Crusca, Via di castello, 46.
Firenze. Con la impaciencia propia del momento y el latido del que se siente
considerado en sus pretensiones, la maestra lee en voz alta:
“Querido
Matteo. La palabra que has inventado es una palabra bien formada y podría ser
usada en italiano, como son usadas otras palabras formadas de la misma manera. Tú
has puesto juntas pétalo+oso=lleno de pétalos, con muchos pétalos. Para que una
palabra nueva pueda entrar en el vocabulario, no es suficiente con que sea
conocida y usada solo por quien la ha inventado, sino que la usen muchas
personas y que muchas personas la entiendan”. Si logras difundir tu palabra
entre muchas personas y muchas personas en Italia comienzan a decir y a
escribir 'com’e petaloso questo fiore!' o, como tu sugieres, 'le margherite
sono fiori petalosi', entonces 'petaloso' se convertirá en una palabra más del
italiano”.
Tras las
felicitaciones, Margherita lanza a través de las redes sociales la historia y
con ella la pretensión de conseguir que la palabra sea conocida. Twits y
retuits multiplican la difusión y la belleza de la palabra es compartida por
miles de personas. A la mañana siguiente , el mísmisimo Primer Ministro
italiano, comparte la ilusión.
Menuda
historia.
Acabo la
sopa con la sensación de que algo ha cambiado. Estoy feliz y mi corazón late
deprisa. No dejo de sonreír y así, con un brillo nuevo en los ojos, llevo la
bandeja a la cocina y me dispongo a ir al baño para lavarme los dientes. Me
miro un segundo en el espejo y grito de emoción.
Ahí
están: llevo las gafas puestas de nuevo.Matteo debió probárselas y por eso no
las encontraba.
Vuelvo a
mi trabajo con paso firme, mirando cada detalle del trayecto. Y en un semáforo
en rojo pienso que yo también tuve una profesora de lengua que apostaba por las
letras y por sus alumnos. Asi que, Piedad, este post petaloso....va por ti.

Gracias por compartir esta historia tan bella con nosotros. Me ha emocionado profundamente. Yo también he empezado a sonreir...
ResponderEliminarMaggie es una ragazza muy petalosa, me encanta leerte
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