sábado, 13 de octubre de 2018

La máquina del tiempo

Otoño es una época en las que, como en enero, todos sentimos la sensación de poner contadores a cero y la necesidad de establecer nuevos objetivos. Es algo que debe tener su origen en el inicio del curso escolar; una reminiscencia de cuando éramos estudiantes que nos acompaña cada año, interpretando el inicio de su último cuatrimestre, como un punto de partida que durará hasta el siguiente septiembre. Pero ya soy adulta y además desempeño un trabajo que cierra ejercicio el 31 de diciembre, así que, no puedo pensar en empezar sino en continuar. Continuar.

Desde pequeña he sentido la necesidad de creer que en algún momento podría ser dueña de mi destino, cambiando situaciones vividas que no me han llevado a lugares pretendidos. Todo eso podría arreglarlo fácilmente: o bien utilizaría una máquina del tiempo patentada y comercializada gracias al trabajo de años entre Steve Jobs y Stephen Hawking hasta hacerla no sólo útil, sino estéticamente preciosa (un DeLorean color "manzana") o bien, durante una fiesta de antiguos alumnos del instituto, en la que tanta emoción me sobrepasase hasta el punto de caer sin conocimiento para volver a encontrarlo más de 20 años antes, en un BUP alternativo (una Peggy Sue versión años 90). 

Me dejo llevar por la idea de encontrarme años atrás con el conocimiento actual y sabiendo qué caminos escoger y cuáles descartar. Lo tengo tan meditado, que no dudaría en lo que quiero conservar y lo que no, sintiéndome tan convencida de mi triunfo que cuando volviese a  mi nuevo futuro, todo sería perfectamente idéntico a mi ideal de vida. Pero, ¿y si cuando aterrizo en mi yo presente, encuentro desagradables sorpresas? Al fin y al cabo, mis acciones no serían independiente de mi entorno y como decía Mary Shelley a través de su criatura, debemos pensar en la consecuencias de nuestros actos. Cambiando yo, ¿cambiaría el resto?. Desde luego al coger otra opción, hay personas  de mi vida que desaparecería en la nueva versión: algunos nombres, no me importarían demasiado, pero indudablemente hay más que no querría perder. Y después se me ocurre multitud de situaciones que haría todo lo posible por evitar : un 11S o un 11M...o todo lo que ha ido viniendo detrás...Me volvería loca intentando recordar cada suceso fatídico para poder ir corriendo a alertar a todo el mundo que, por otra parte, no me creería. ¡Menudo cargo de conciencia! Y luego está lo de dar más información de la que la gente del pasado necesita saber: inconscientemente buscaría el smartphone o hablaría de facebook o incluso de Siri!!!Ampliaría involuntariamente con mis dedos fotos impresas y utilizaría expresiones como "míra a ver en wikipedia" que no sabría explicar!
Acabaría por hacer millones de viajes atrás - adelante/adelante- atrás para arreglar mis propios entuertos, siguiendo una suerte parecida a la de Evan Treborn (El efecto mariposa)...Ufffff....que presión!!!!!!

Sin embargo, esta idea es demasiado recurrente y por eso se ha plasmado tanto en la literatura como, por supuesto, en el séptimo arte (La  Máquina del Tiempo, Regreso al Futuro, Peggie Sue se casó, La casa del lago, Terminator2, Atrapado en el tiempo...etc), porque en mi opinión todos preferiríamos poder cambiar las cosas que no nos gustan para tener otro final. Uno con menos dolor, pérdida o dificultad.

Cuando empezamos algo, ponemos en ello todo lo bueno que hay en nosotros y visualizamos que los errores cometidos en el pasado, está vez no se repetirán. Tiramos el folio arrugado, lleno de tachones y con la tinta borrada por las lágrimas que se han caído y cogemos otro nuevo, blanco, limpio, donde escribir frases perfectas porque nuestra motivación se alimenta de nuestras expectativas. Y así, una y otra vez. Empezar cada vez que ya no queda goma con la que borrar. Empezar porque "esta, va a ser la buena".

Continuar, sin embargo, es una tarea más compleja. Siguen los tachones, siguen las heridas, sigue la sensación de fracaso. Pero no intentas tirar esa experiencia a la papelera. No cambias todo lo que tienes porque ya no brilla igual, o ha perdido color o se ha ensuciado un poco. Intentas pegar los trozos, enderezar la situación, plantar cara al conflicto, hablar con esa persona a la que un malentendido ha distanciado o decidir que lo que tienes y lo que eres, se debe a cada cosa que has vivido. No hay que empezar. Simplemente, seguir. Siempre hacia adelante.

Hace días leí algo que me emocionó: la vida no hay que entenderla. La vida hay que vivirla. Así que continuemos con cada día pero con la misma emoción conque se empiezan las cosas, porque si se nos olvida en el trayecto, si lo malo gana a lo bueno, si compras una nueva ilusión para dejar de luchar  por la antigua, nunca encontrarás tu camino. Y el mío, desde siempre, ha sido escribir.


2 comentarios:

  1. Genial!!!! El secreto está, efectivamente, en mantener viva la emoción, algo en lo que te considero un referente a seguir.

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